domingo, 5 de junio de 2011

CADA DIA UNA ADIVINANZA

                          ADIVINANZA
Son doce hermanitas , que tienen dos remos, y en su andar nos dicen todo lo que hacemos.


         LASOLUCCION  MAÑANA

RELATOS DE TERROR

                      El parásito 
 El cirujano le extrajo la criatura y debido a su extraña naturaleza le pidió a Jill que no le contara a nadie lo que había visto. Jill les dijo que aún había un nido de esas cosas en la ciudad y que era probable que otra persona tuviera clavada en la espalda a una de esas monstruosidades. El médico no llamó a la policía, no alertó a nadie. Se limitó a decir que esa criatura era fascinante y ordenó guardar los restos en formol.
- Ha sido una operación muy delicada. En las patas había unas terminaciones microscópicas que se habían enredado en la columna de su novio. Al morir, estas se han endurecido. Puede estar orgullosa de no haber intentado sacárselas usted misma porque le habría seccionado la columna. Aún para nosotros ha sido difícil abrir para cortar uno a uno, esos tentáculos. Eran como pelos. Si le hubiéramos dejado uno solo dentro, su novio moriría por la infección provocada por el tejido necrosiado.
- ¿Se recuperará? - preguntó ella, nerviosa.
- Es muy pronto para garantizar nada. Le hemos inducido un coma porque tiene toda la columna recién operada y el dolor tan intenso podría matarle. Puede que tarde semanas en curarse lo suficiente como para poder despertarle.
Se interrumpió para dar instrucciones a un compañero.

Hizo ir a un médico interno al coche, donde estaba la cabeza del bicho para completar su macabro descubrimiento.
- Hay que detenerlos, deben estar escondidos en cualquier alcantarilla - se impacientaba Jill, cada vez que aparecía el médico en la habitación de Jonás.
- ¿Sabe dónde es?
- No, él tenía que decírmelo pero le tienen sedado.
- Lo siento, su novio va a tardar en despertar. Hemos tenido que reconstruir casi toda la estructura de su columna. Tenía las vértebras destrozadas, es un milagro que siga vivo.
- ¿Cómo puede ser? - se extrañó ella -. Le vi jugar al baloncesto sin problemas.
- Puede que la criatura hiciera las veces de soporte. Es muy interesante, con este descubrimiento podríamos conseguir que miles de personas con la columna rota puedan volver a caminar. Claro que harán falta años de investigación, es una especie desconocida que tenemos que estudiar muy bien.
- ¿Le parece muy interesante? Encuentren su nido - añadió ella -. Allí tendrán bichos vivos como ese.
- Somos médicos - replicó él, enojado -. No podemos recorrer todas las alcantarillas.
- Entonces iré a la policía, ellos...
- No la creerán, no cuente con que la apoye. La encerrarán por loca.
- Es increíble - se exasperó Jill -. ¿Qué le ocurre? Es que quiere que todo el mundo llegue a tener un bicho pegado a su espalda.
- No lo creo, son parásitos y por tanto no deben tener más de una o dos crías. De lo contrario se les agotaría el alimento y en unos años no podrían subsistir.
- ¿Pero no acaba de decir que es una especie nueva? ¿Cómo sabe eso?
El doctor la miró entre enojado e indeciso.
- No lo sé. Pero yo no pienso buscarlos, y la policía no va a ayudarla... Como no vaya usted.
Jill asintió y suspiró. Ese hombre pretendía estudiar a esa criatura para hacer su tesis doctoral, eso le convertía en un ayudante inútil con mínima voluntad para colaborar. Si lo hacía, podía perder la oportunidad de usar eso para su tesis, si se encontraban más ejemplares muchos más médicos podrían usar esas cosas para adelantarse a él.
- Es usted un estúpido cabrón - sentenció Jill, escupiéndole en los zapatos -. Espero que sus crías le elijan a usted como una de sus víctimas.
El medico no se dignó a contestar se dio la vuelta y se marchó.
Jill volvió a la habitación de Jasón y éste seguía inconsciente. Todos los nervios de la espalda estaban muy dañados y le dijeron que posiblemente se quedaría paralítico. En el mejor de los casos podría andar, pero sufriría dolores durante toda su vida. Tendría que vivir bajo el efecto de las drogas.
Ella hubiera preferido ir a buscar el nido con él. Pero con mucha suerte volvería a caminar en unos meses, y si ese monstruo tenía crías, debía ir a buscarlas inmediatamente.
Cuando se marchó del hospital, en la calle sacó su teléfono móvil y llamó a Pete. No se atrevió a contarle lo que quería que hiciera y simplemente se limitó a decirle que Jonás estaba muy grave en el hospital. Pete preguntó qué le había pasado y ella se limitó a responder que era una larga historia y que necesitaba verle de inmediato.
Puede que la rivalidad entre ambos fuera enfermiza, casi rayando el odio, pero se preocupaba el uno por el otro. Eran como hermanos. Pete fue a buscarla a la puerta del hospital en menos de quince minutos y lo primero que hizo fue preguntar por su estado.
- Está en coma.
- Dios mío...
- Es un coma inducido para evitar que sufra durante la recuperación - explicó ella -. Fue horrible.
Solo en ese momento Jill se dio cuenta de lo que había pasado y se desmoronó llorando incontrolablemente en el hombro de Pete.
- Vamos, cálmate, ¿puedo subir a verlo? Seguro que lo supera, es fuerte como un roble.
- No, está en la unidad de cuidados intensivos. Estuvo a punto de morir... - explicó ella, recordando lo cerca que estuvo de bajarse del coche.
- Explícame lo que ha pasado.
Ella le contó lo del monstruo clavado a su espalda, lo de su fuerza inhumana y que Jonás lo podía ver todo sin hacer nada para poder evitarlo. Que su padre fue su primera víctima y al parecer había un nido en una alcantarilla donde podía haber más cosas de esas.
La expresión de la cara de Pete fue cambiando de la incredulidad a la indiferencia.
- ¿Te lo ha contado él? - respondió -. No sabía que fuera tan imaginativo.
- Estuvo a punto de matarse por acabar con ese bicho. Si no lo hubiera matado yo... ahora él...
- ¿Viste a esa cosa? - preguntó Pete, asombrado.
- Pues claro - replicó Jill enojada.
- Por eso me ganó ayer - sonrió el otro -. Ya me parecía que había mejorado demasiado.
- Necesito tu ayuda - pidió ella -. Tenemos que encontrar ese nido. Si hay más monstruos, hay que quemarlos a todos.
Pete la miró con asombro.
- ¿Te dijo donde estaba?
- No, pero deduzco que no puede estar lejos de la universidad ni de su casa. No hay tantas alcantarillas en la zona.
- ¿Estás loca? Si nos acercamos a esas cosas...
- Hay que encontrar el nido - insistió ella -. Puede que sean como cucarachas, puede que haya millones de crías. ¿Te imaginas lo que puede ser eso? Ahora serán pequeñas, pero... ¿Y si crecen?
- ¿Y si hay más de un nido? - preguntó Pete -. De algún sitio habrá salido el primero y dudo mucho que fuera por evolución espontánea de hace unos días. Ese parásito debe haber existido desde siempre y nadie ha sabido de él hasta ahora. No creo que haya de qué preocuparse.
- ¿Pero y si la mitad de la gente que conoces lleva una de esas cosas pegadas a la espalda? - preguntó ella.
- Estás afectada por Jonás, no puedes creer que tú sola puedes salvar el mundo. Aún en el caso de que tengas razón y haya crías, ¿Cómo puedes estar segura de que no te cogerán?
Jill miró a Pete, asombrada.
- ¿Me cogerán? - preguntó -. No piensas acompañarme...
- Vamos, no seas infantil, no puedes salvar al mundo tú sola - replicó enojado.
- No quería hacerlo sola, pero por lo visto, ya lo estoy.
- No dramatices, vamos, te llevaré a casa.
- Vete, no quiero verte. Esperaba mucho más de ti.
Pete puso los brazos en jarra y suspiró desanimado. La miró unos segundos y negó con la cabeza.
- Solo quiero ayudarte, pero si estás decidida a hacerlo, te acompañaré.

Continuará el proximo Domingo:

ASÍ BAILABA YO DE PEQUEÑO

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